La ética sexual conyugal ha de
examinar cuidadosamente ciertos hechos bien conocidos por la
sexología médica. Hemos definido el amor como una tendencia
hacia el bien verdadero de otra persona, y, por lo tanto, como una
antítesis del egoísmo. Y ya que en el matrimonio el hombre y la
mujer se unen igualmente en el dominio de las relaciones sexuales,
es necesario que también en este terreno busquen ese bien.
Desde el punto de vista del
amor de la persona y el altruismo, ha de exigirse que en el acto
sexual el hombre no sea el único que llega al punto culminante de
la excitación sexual, que éste se produzca con la participación
de la mujer, no a sus expensas. A esto se refiere el principio que
hemos analizado de manera tan detallada y que, al conjugarse el
amor, excluye el placer en la actitud respecto de la persona del
copartícipe.
Los sexólogos constatan que la
curva de excitación de la mujer es diferente de la del hombre:
sube y baja con mayor lentitud. En el aspecto anatómico, la
excitación en la mujer se produce de una manera análoga a la del
hombre (el centro se halla en la médula S2-S3), con todo, su
organismo está dotado de muchas zonas erógenas, lo cual la
compensa en parte de que se excite más lentamente. El hombre ha
de tener en cuenta esta diferencia de reacciones, pero no por
razones hedonistas, sino altruistas. Existe en este terreno un
ritmo dictado por la naturaleza que los cónyuges han de encontrar
para llegar conjuntamente al punto culminante de excitación
sexual. La felicidad subjetiva que experimentarán entonces
tendrá los rasgos del frui, es decir, de la alegría que da la
concordancia de la acción con el orden objetivo de la naturaleza.
Por el contrario, el egoísmo –en el caso se trataría más bien
del egoísmo del hombre es inseparable del uti, de esa
utilización en que una persona busca su propio placer en
detrimento de la otra. Con todo, está claro que las
recomendaciones de la sexología no pueden ser aplicadas
prescindiendo de la ética.
No aplicarlas en las relaciones
conyugales es contrario al bien del cónyuge, así como a la
estabilidad y la unidad del matrimonio mismo. Debe tenerse en
cuenta el hecho de que, en estas relaciones, la mujer experimenta
una dificultad para adaptarse al hombre, debida a al divergencia
de sus ritmos físico y psíquico. Por consiguiente, es necesaria
una armonización, que no puede darse sin un esfuerzo de voluntad,
sobre todo de parte del hombre, ni sin que la mujer se atenga a su
pleno cumplimiento. Cuando la mujer no encuentra en las relaciones
sexuales la satisfacción natural ligada al punto culminante de la
excitación sexual (orgasmus), es de temer que no sienta
plenamente el acto conyugal, que no comprometa en él la totalidad
de su personalidad (según algunos, ésta es a menudo el motivo de
la prostitución), lo cual la hace particularmente expuesta a las
neurosis y es causa de «frigidez sexual», es decir, la
incapacidad de excitarse, sobre todo en la fase culminante. Esta
frigidez (frigiditas) es consecuencia en ocasiones de un complejo
o de una falta de entrega total de la que ella misma es
responsable. Pero, a veces, se trata del resultado del egoísmo
del hombre, que, al no buscar más que su propia satisfacción,
frecuentemente de manera brutal, no sabe o no quiere comprender
los deseos subjetivos de la mujer ni las leyes objetivas del
proceso sexual que en ella se desarrolla.
La mujer empieza entonces a
rehuir las relaciones sexuales y siente una repugnancia que es
tanto o quizá más difícil de dominar que el impulso sexual.
Además de las neurosis, la
mujer puede en tal caso contraer enfermedades orgánicas. Así, la
congestión de los órganos genitales durante la excitación
sexual puede provocar inflamaciones en la órbita de la pelvis si
la excitación no culmina con una descongestión, que en la mujer
está estrechamente ligada al orgasmo. Desde el punto de vista
psicológico, estas perturbaciones dan origen a la indiferencia,
que muchas veces acaba en hostilidad. La mujer difícilmente
perdona al hombre la falta de satisfacción en las relaciones
conyugales, que le son penosas de aceptar que, con los años,
pueden originar un complejo muy grave. Todo lo cual conduce a la
degradación del matrimonio. Para evitarla, es indispensable una
«educación sexual», pero que no se limite a la explicación del
fenómeno del sexo. En efecto, no ha de olvidarse que la
repugnancia física en el matrimonio no es un fenómeno principal
sino una reacción secundaria: en la mujer se trata de una
respuesta al egoísmo y la brutalidad, en el hombre, a la frigidez
y la indiferencia. Ahora bien, la rigidez y la indiferencia de la
mujer es a menudo consecuencia de las faltas cometidas por el
hombre que deja a la mujer insatisfecha, lo que, por lo demás,
contraría el orgullo masculino. Pero en algunas situaciones
particularmente difíciles el mero orgullo no puede, a largo
plazo, servir de ayuda; ya se sabe que el egoísmo ciega al
suprimir la ambición, o bien hace crecer a ésta
desmesuradamente, de manera que, en ambos casos impide que el
hombre vea al otro. Asimismo, no puede bastar, a la larga, la
bondad natural de la mujer que finge el orgasmo (así lo aseguran
los sexólogos) precisamente para no humillar el orgullo
masculino. Todo esto no resuelve satisfactoriamente el problema de
las relaciones y sólo aporta una solución provisional. A largo
plazo es necesaria una educación sexual, cuyo objetivo esencial
debería ser inculcar en los esposos la convicción de que el
«otro» es más importante que el «yo». Semejante convicción
no nacerá de repente por sí misma sobre la base de las meras
relaciones físicas, sino que debe resultar de una profunda
educación de amor. Las relaciones sexuales no enseñan el amor,
pero si éste es verdadera virtud, lo será también en las
relaciones sexuales (conyugales). Sólo en tal caso la
«iniciación sexual» se revelará como útil; sin la educación,
puede ser dañina.
A lo anterior puede reducirse
«la cualidad de las relaciones conyugales». Y hablamos de
«cualidad», no de «técnica». Los sexólogos (Van de Velde)
dan muchas veces una gran importancia a la técnica, y, con todo,
ha de tenerse más bien como secundaria, cuando no como un estorbo
para llegar al fin al cual, en principio, debería servir. El
impulso sexual es tan poderoso que crea en el hombre y en la mujer
normales una ciencia instintiva de la manera como hay que «hacer
el amor». En ese caso se corre el peligro de que la técnica sea
perjudicial, porque para ella no cuentan más que las relaciones
espontáneas (evidentemente subordinadas a la moralidad) y
naturales. Con todo, este saber instintivo debido al impulso
sexual ha de alcanzar el nivel de una cierta «cualidad» de las
relaciones. Nos referimos aquí al análisis de la ternura, sobre
todo de la ternura desinteresada, que ya hemos analizado en la
tercera parte del capítulo 3. Es precisamente la facultad de
penetrar los estados del alma y las experiencias de otra persona
lo que puede desempeñar un papel de la mayor importancia en los
esfuerzos tendentes a armonizar las relaciones conyugales. Esta
facultad tiene su raíz en la afectividad, la cual, dirigida en
particular hacia el ser humano, puede dulcificar y neutralizar las
relaciones brutales de la sensualidad, orientada únicamente hacia
el gozo, y los deseos incontrolables de la concupiscencia del
cuerpo. Puesto que el organismo de la mujer tiene la
particularidad de que su curva de excitación sexual es más larga
y lenta, la necesidad de ternura en el aspecto físico, tanto
antes como después, posee una justificación biológica. Si se
tiene en cuenta que en el hombre la curva de excitación es más
corta y rápida, es posible afirmar que un acto de ternura por su
parte en las relaciones conyugales adquiere la importancia de un
acto de virtud, de virtud de continencia, precisamente, e
indirectamente de amor (véase capítulo 3, tercera parte). El
matrimonio no puede reducirse a las relaciones físicas, sino que
necesita un clima afectivo indispensable para la realización de
la virtud, el amor y la castidad.
No se trata aquí de sensiblería ni
de un amor superficial, que no tienen nada en común con la
virtud. El amor ha de ayudar a comprender y sentir a la persona,
porque es el camino de su educación y de la mutua educación en
la vida conyugal.
Tomado del libro Amor y
Responsabilidad, escrito en el año 1960 mientras el Papa Juan
Pablo II era Cardenal en Cracovia, Polonia